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Especialistas de Chile, México y Brasil advierten de los riesgos de persistir en el abordaje del problema como un asunto exclusivamente de nutrición.

Fundamental, control de peso y promoción de actividad de física desde la niñez, con el apoyo de familias, amigos, escuelas y hasta centros de trabajo.

Con un impacto de .54, 2.4 y 2.5% en el PIB de países como Chile, México y Brasil, respectivamente, la obesidad en América Latina es un problema que recibe escasa atención, tiempo y recursos de parte de quien la padece, al percibirse que no tiene consecuencias inmediatas, además de que todavía es considerada como señal de pertenencia a un grupo socioeconómico alto o de mayor virilidad y hasta como un “estilo de vida” que se elige libremente.

De acuerdo con el informe Los costos económicos y sociales de la obesidad en América Latina: un llamado a la acción, del Instituto para la Calidad de Vida de Sodexo —empresa líder en  servicios de calidad de vida a nivel mundial, especializada en el desarrollo de estrategias que refuerzan el bienestar de las personas, incrementan su motivación y permiten a las empresas y organizaciones ser más eficientes—, la conciencia del impacto económico y social que genera esta enfermedad en la región es baja, aun cuando los costos asociados son elevados y se mueven al alza, de acuerdo con las conclusiones de una mesa redonda de especialistas de gobiernos, universidades y ONGs de los tres países, convocada por Sodexo.

En Chile, se calcula que los gastos derivados de la obesidad se tripliquen para 2030, mientras que en Brasil se espera que, para 2050, los costos de salud asociados dupliquen los 5 mil 800 millones de dólares registrados en 2010, en tanto que en México, 13 enfermedades asociadas al Índice de Masa Corporal se prevé que le representarán al estado una erogación de mil 200 millones de dólares en este 2017.

Un riesgo adicional en el abordaje de la obesidad en la región —destaca el informe— es que sólo se contempla como un asunto de nutrición, cuando se le define como un desequilibrio de largo plazo entre los alimentos que se ingieren y la energía que se gasta, sin tomar en cuenta el impacto que tiene en el tema la vida cada vez más sedentaria.

Por el momento, la investigación de enfoques específicos a la dieta ha llevado a la conclusión de que las intervenciones en escuelas, a través de subsidios, impuestos y etiquetados especiales en alimentos y bebidas, tienen impacto gracias a que proporcionan un ambiente facilitador para el aprendizaje y la manifestación de preferencias saludables, al tiempo que incentivan a las personas a reevaluar preferencias poco sanas.

Sin embargo, las recomendaciones realizadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2016 incluyen acciones que van más allá de la dieta, como la promoción de la actividad física y la reducción de conductas sedentarias en niños y adolescentes, la incorporación de recomendaciones para reducir el riesgo de obesidad infantil en el cuidado prenatal y maternal, y la orientación durante la niñez temprana en apoyo al ejercicio y buenos hábitos de sueño.

Este énfasis en la orientación de la prevención y control de la obesidad prácticamente desde el nacimiento —y aún antes, a partir del cuidado del peso de la mujer previo y durante el embarazo— se fundamenta en el hecho de que los programas para adultos simplemente no funcionan, puesto que no los terminan o vuelven a su estado anterior en dos o tres años, lo que evidencia que el cambio de conducta en ellos es muy difícil de mantener.

Paradójicamente, en la región persisten resistencias respecto de este enfoque para hacer frente al problema: en México, 17% de los padres negó el permiso para que sus hijos fueran medidos y pesados, dato que destaca el informe bajo el argumento de que “las opiniones y hábitos de los adultos dan forma a los de los niños”.

Considerar el control de peso, la prevención de la obesidad o un estilo de vida saludable sin actividad física regular, concluye el informe, es ignorar un aspecto fundamental. El tamaño de la carga del sedentarismo es tal, que revertirlo depende del apoyo que los individuos reciban de parte de sus familias y sus relaciones escolares, sociales e inclusive, laborales.

Con un origen común en el desequilibrio prolongado entre la energía de los alimentos que se consumen y la que se gasta —estrechamente relacionado con factores como ingreso, educación, raza, vida urbana/rural y conducta—, el sobrepeso y la obesidad son ubicados por el informe como factores de riesgo para enfermedades cardiovasculares, diabetes, desórdenes musculoesqueletales y algunos tipos de cáncer como los de mama, ovario, próstata, hígado, vesícula, riñón y colón.

HumanStaff

RecursosHumanos.tv

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